Debemos prestar atención a la salud mental de nuestros cercanos

Editorial.—En la República Dominicana, los casos relacionados con la salud mental muestran un aumento sostenido y preocupante en la actualidad. Esta realidad impacta de manera particular a jóvenes y adultos, sin distinción de clases sociales, nivel educativo o procedencia. La salud mental ya no puede entenderse como un problema aislado o ajeno: es una dimensión central que afecta el bienestar humano y que está creando momentos difíciles en los hogares, centros educativos y entornos laborales.
Uno de los factores que podría explicar este incremento es la aceleración constante del ritmo de vida. Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez, la presión por el éxito, la sobreexposición en redes sociales y la competencia permanente.
Estas dinámicas generan altos niveles de estrés, ansiedad y frustración, especialmente en personas jóvenes que se encuentran en procesos de construcción de identidad y proyectos de vida.
La cultura del “todo rápido” ha ocasionado que las personas adopten deudas hasta el punto de que, su capacidad de pago no alcance para cumplir sus compromisos mensuales. Por tal razón, llegan a su vida un nuevo elemento llamado “cobradores compulsivos” quienes presionan de tal forma que afecta a la salud emocional de algunos.
A ello se suma el impacto aún latente de la pandemia de la COVID-19. El confinamiento, el distanciamiento social, la incertidumbre económica y la pérdida de seres queridos dejaron huellas profundas en la salud emocional de muchos dominicanos. Para una parte significativa de la población, la pandemia no solo representó una crisis sanitaria, sino también una crisis psicológica caracterizada por sentimientos de soledad, miedo, duelo y desgaste emocional prolongado.
Otro elemento que no debe subestimarse es el estigma social que todavía rodea los trastornos mentales. En muchos entornos, hablar de depresión, ansiedad o agotamiento emocional sigue siendo visto como signo de debilidad, lo que dificulta que las personas busquen ayuda profesional o apoyo en su círculo cercano. La cultura del silencio contribuye a que los problemas se agraven y se manifiesten de forma más severa, incluso en conductas de riesgo.
Frente a este panorama, se vuelve imprescindible prestar atención a la salud mental de quienes nos rodean: familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Escuchar con empatía, validar las emociones del otro y fomentar espacios de diálogo puede marcar una diferencia significativa. Asimismo, es necesario promover una educación emocional que enseñe a reconocer señales de alerta, a gestionar el estrés y a normalizar la búsqueda de ayuda psicológica como un acto de responsabilidad y cuidado personal.
Por último, la salud mental no debe concebirse únicamente como un asunto individual, sino como una responsabilidad colectiva. Requiere políticas públicas más robustas, acceso oportuno a servicios de salud mental, campañas de sensibilización y un compromiso social por construir entornos más humanos, solidarios y comprensivos. Cuidar la salud mental de nuestros cercanos es, en el fondo, cuidar la salud emocional de toda la sociedad.