LA SAL, EL ORO Y LAS TIERRAS RARAS Granos y gramos: Recursos naturales, salud y soberanía.

Por, Julio César Marmolejos, Escuela de Química UASD.
La historia de los pueblos se teje, muchas veces, en los detalles más pequeños. Un grano de sal, un gramo de oro, una cláusula en un contrato… lo que parece insignificante termina definiendo destinos colectivos. Así ocurre con la sal yodada en la salud pública, con el oro de Cotuí en la economía nacional o con las tierras raras de Pedernales en la geopolítica mundial. Cada recurso natural, cada riqueza, cada decisión, refleja no solo un valor económico, sino también un signo de poder, de dependencia o de soberanía.
En este ensayo exploraremos cómo lo cotidiano y lo estratégico se entrelazan, y cómo fenómenos como la “enfermedad holandesa o el síndrome de Alfred Candie pueden ayudarnos a comprender las trampas del poder cuando se trata de recursos naturales.
La sal yodada, un recurso pequeño, una consecuencia inmensa. La sal, aparentemente banal, se convierte en piedra angular de la salud pública cuando se le añade yodo. Su ausencia genera bocio, retrasos cognitivos y enfermedades que afectan el desarrollo de generaciones enteras. En zonas rurales, ciudades y barrios populares donde el acceso a la sal yodada no siempre está garantizado, el problema se convierte en una amenaza silenciosa para el futuro colectivo. De esta manera, lo microscópico se vuelve macroscópico: un simple grano mal gestionado se traduce en pérdida de inteligencia nacional, en limitaciones que condicionan el destino de todo un pueblo.
El Oro y las tierras raras: la abundancia que puede ser cadena. Más allá de la sal, el subsuelo dominicano guarda tesoros que brillan en los mercados internacionales: el oro de Cotuí, el ferroníquel de Bonao y las tierras raras de Pedernales. Estos recursos, sin embargo, suelen estar más al servicio de transnacionales que del propio país. El oro se exporta, las tierras raras se negocian, y los beneficios que deberían multiplicarse en escuelas, transferencia tecnológica, hospitales e industrias se diluyen en cuentas extranjeras y en contratos que poco favorecen a la soberanía. Aquí entra en juego la enfermedad holandesa, concepto económico que describe cómo la abundancia de un recurso natural puede debilitar a otros sectores productivos, generar dependencia y, en vez de traer prosperidad, provocar estancamiento y desigualdad. La riqueza mal gestionada se convierte en una ilusión: parece abundancia, pero es pobreza enmascarada.
El síndrome de Alfred Candie: El esclavo que se cree amo y actúa como tal, la ilusión del poder. A nivel simbólico, inspirado en la ficción de Django Unchained. Candie se creía amo absoluto, cuando en realidad estaba manipulado y prisionero de sus propias ilusiones de poder.
Algo similar ocurre con los países que creen controlar sus recursos mientras son otros quienes imponen las reglas del juego. Tener minas, contratos o rentas no significa ejercer poder real; significa, muchas veces, administrar cadenas disfrazadas de lingotes.
La diferencia entre un país encadenado y uno soberano radica en la capacidad de multiplicar los recursos. No basta con extraer oro, vender litio, ferroníquel o firmar concesiones. La clave está en transformar esos recursos en capital humano, infraestructura y conocimiento. Cuando el oro se convierte en escuelas, cuando la sal se convierte en inteligencia, cuando las tierras raras se convierten en industrias tecnológicas propias, entonces los recursos dejan de ser simples mercancías para transformarse en cimientos de soberanía.
No es la sal, no es el oro, no es la tierra, es la libertad que se mide en granos y en gramos. Es la soberanía que se construye en detalles invisibles, es la dignidad que se gana en lo cotidiano. Cada grano de sal sin yodo es un niño sin futuro. Cada gramo de oro que se va es un país que se queda vacío. Cada contrato minero mal firmado es una cadena más en el cuello de todos. Nos dijeron que éramos amos, nos vendieron la idea de que el poder estaba en nuestras manos. Pero somos Alfred Candie, el esclavo que se cree amo, creyendo gobernar, mientras obedecemos. Creyendo ser dueños, mientras somos inquilinos.
La enfermedad holandesa nos mira desde el espejo: abundancia que debilita, riqueza que empobrece, tesoros que adormecen la voluntad. Pero aún podemos romper el ciclo. Aún podemos transformar granos en pan, gramos en futuro, abundancia en multiplicación. Multiplicar no es explotar. Multiplicar es transformar: oro en escuelas, litio en industrias, sal en inteligencia, tierras raras en tecnología propia, contratos en soberanía. Un país sin control de su sal, sin control de su oro, sin control de sus tierras raras, es un país que sueña con libertad y despierta encadenado. Un país que cuida lo mínimo, que transforma lo máximo, que convierte cada grano en poder, cada gramo en soberanía es un país que ya empieza a ser libre de verdad.
Que cada lector de esta simple nota lo entienda, la libertad no es un discurso. La libertad se mide en la sal que comemos, en el oro que no regalamos, en la tierra que defendemos. No es la sal, no es el oro, no es la tierra, somos nosotros, nuestra conciencia, nuestra decisión.
Que nadie se engañe, la libertad no se hereda, se conquista cada día, con vigilancia, con memoria, con acción, hoy es el tiempo de que cada grano y cada gramo
sean nuestros cimientos de libertad. La soberanía no se hereda ni se proclama se ejerce, se construye día a día en la vigilancia de lo pequeño y en la gestión de lo grande.
Ha llegado la hora de despertar, de contar cada grano, de pesar cada gramo, de defender cada recurso como si fuera la vida misma. La libertad se mide en lo que comemos, en lo que guardamos, en lo que defendemos. Hoy es el tiempo de reclamar lo nuestro. Hoy es el tiempo de transformar la abundancia en dignidad. Porque lo es, la sal es la salud, el oro es la soberanía. la tierra es el futuro. Si no los cuidamos, otros decidirán por nosotros. Si no los multiplicamos, otros recogerán la cosecha.
Porque al final, la historia de un pueblo se escribe con lo que cuida, con lo que defiende y con lo que transforma. Ese es el último grano. Ese es el punto final. Lo demás… depende de nosotros.