Placebo, nocebo y la obediencia invisible (Cómo se gobiernan los cuerpos sin tocar un solo músculo).

Por Julio César Marmolejos.
Vivimos rodeados de discursos que no solo informan: modelan cuerpos, emociones y conductas. Palabras repetidas con disciplina terminan convirtiéndose en hábitos, y los hábitos, en destino. Aquí no se habla del placebo y el nocebo como curiosidades médicas, sino como mecanismos cotidianos de gobierno: formas suaves —y eficaces— de producir obediencia, resignación o resistencia. No se trata de negar la biología ni de romantizar la mente. Se trata de asumir algo incómodo: no somos espectadores pasivos de lo que creemos. Quien controla el relato no siempre necesita imponer la fuerza. Le basta con instalar el miedo correcto, la esperanza equivocada o la frase que se repite sin pensar. Este texto no ofrece consuelo rápido. Ofrece herramientas para no enfermar de discursos ajenos ni de palabras propias mal usadas. Leerlo despacio es parte del ejercicio. La mente no cura todo, pero tampoco es espectadora. El nocebo no es el inverso ingenuo del placebo. Es una forma de daño inducido por lenguaje, advertencia y miedo.
En una sociedad saturada de palabras, la mente termina obedeciendo lo que escucha todos los días. Vivimos bajo sugestión permanente. En Dominicana nadie vive al margen del placebo y el nocebo.
Aquí no llegan como teorías: se instalan como costumbre. Los respiramos:
En la radio mañanera que grita antes de pensar.
En el noticiero que repite desgracias sin contexto.
En la política de tarima y promesa fácil.
En el colmado donde se comenta el país como si fuera irremediable.
En la iglesia, a veces como consuelo, a veces como amenaza.
En la familia, donde una frase puede marcar una vida.
Aquí la palabra no pasa inocente. Aquí la palabra pesa. Dejando profunda huella. El cuerpo escucha y ejecuta. Si llevamos esa distinción (placebo/nocebo) al terreno de la educación y las ciencias sociales, el resultado es potente –y bastante incómodo– para el discurso pedagógico “bienintencionado”. Educación como sistema de placebos simbólicos. En educación, el placebo no es una pastilla falsa: es una creencia institucionalizada que produce efectos reales.
Ejemplos claros:
“Los estudiantes de este semestre son brillantes” → mejora el rendimiento.
“Este centro es de excelencia” → suben expectativas, disciplina, resultados.
“Este método es innovador” → se le atribuyen éxitos antes de evaluarlo.
“Esta sección de química es brillante → motiva y mejora el rendimiento.
Efecto Pigmalión puro: no cambia el contenido, cambia la expectativa, y eso reorganiza la conducta.
Política y medios: el nocebo del “todo está mal”. Hay frases que ya ni se discuten: “Este país no sirve”, “Aquí nada funciona”, “Esto se jodió”, “La juventud está perdida”, “No desean estudiar”, “Esto va a empeorar”.
Repetidas como mantra, producen efectos claros: resignación crónica, rabia sin proyecto, cinismo elegante, huida de los que pueden, abandono del bien común. No es solo opinión política. Es un nocebo social. Un pueblo convencido de que no puede mejorar termina comportándose como si la derrota fuera natural.
“La opresión no es solo un hecho económico o político; es también una forma de conciencia”. Paulo Freire
Religión y nación: entre sostén y castigo. En nuestro contexto, la fe y la identidad nacional pueden cumplir dos funciones muy distintas. Cuando sostienen: dan sentido al sufrimiento sin glorificarlo, crean comunidad sin excluir, ayudan a resistir sin adormecer, ordenan la vida sin anular la pregunta. Ahí operan como placebo social saludable: entonces, organizan, calman, permiten seguir.
Cuando enferman. Cuando: culpan al que sufre, convierten la duda en pecado, necesitan enemigos permanentes, prometen salvación a cambio de miedo. Ahí dejan de sostener y pasan a intoxicar. Toda fe o patriotismo que vive del temor termina dañando a quienes dice proteger.
En la vida cotidiana: donde el cuerpo escucha y obedece
En la casa, en el trabajo, en el barrio, en el aula, se oyen frases aparentemente inofensivas:
“A esta edad ya no se puede”, “Eso aquí no funciona”, “Déjate de inventos”
No son simples opiniones. Son órdenes suaves. El cuerpo escucha y responde:
Más cansancio del necesario, menos iniciativa, deterioro anticipado. No es flojera. Es expectativa convertida en biología.
Envejecer: la profecía que se cumple
Sí repetimos: “Viejo es viejo”. El cuerpo se encoge antes de tiempo. Si decimos: “Estoy mayor, pero activo”. El cuerpo se adapta mejor al paso de los años. No es optimismo barato. Es comprensión básica de cómo el cerebro regula el cuerpo.
Manual breve para no dejarse intoxicar
Reduce la exposición al miedo repetido.
No todo discurso merece tu sistema nervioso.
Cuida tu lenguaje cotidiano.
Las palabras que usas contigo mismo también te gobiernan.
Diferencia crítica de fatalismo.
La crítica abre caminos; el fatalismo los clausura.
Acepta límites sin convertirlos en sentencia.
El realismo orienta; la resignación paraliza.
Busca sentido, no ilusión.
El placebo sano organiza la vida; el tóxico la distorsiona.
“El poder produce saber… y todo saber produce efectos de poder.”
Michel Foucault.
No nos enfermamos solo por virus, pobreza o carencias materiales.
También enfermamos por relatos repetidos sin reflexión.
El placebo puede ayudarnos a resistir y organizarnos.
El nocebo puede robarnos energía, dignidad y horizonte.
Aprender a cuidar lo que creemos, lo que decimos y lo que aceptamos como verdad es una forma profunda y urgente de salud pública.